Escuela de Guerra Naval
Islas Malvinas

Alocución en conmemoración del día de los veteranos y caídos en la Guerra de Malvinas, pronunciada por el Capitán de Navío (VGM) (RE) Guillermo Andrés Oyarzábal. Centro Educativo de las Fuerzas Armadas. Buenos Aires, 4 de abril de 2018

Al tiempo que la cuestión Malvinas sintetiza la dimensión nacional de soberanía; el enfrentamiento armado de 1982 emerge como un hito, a partir del cual lo nacional se extiende y consolida en el terreno de lo popular.

Donde hay un sueño hay un camino, pero el camino trazado por los grandes sueños jamás ha sido fácil de transitar. Hoy la causa por Malvinas alcanza una dimensión histórico-cultural que determina, en espíritu y razón el ser argentino. Y por eso mismo aquel simbolismo, transformado en acción, al tiempo que no puede deshacerse del pasado, exige de las nuevas generaciones la inteligencia que nos permita salir de la decadencia que el país arrastra desde hace sesenta años. La determinación por el crecimiento y el desarrollo de la Argentina, la consolidación efectiva y no declamatoria de sus instituciones, y la conciliación de la sociedad, que ponga a nuestra Patria otra vez entre las grandes naciones del mundo, constituye apenas un punto de partida; pero sin el cual, la recuperación de nuestras islas seguirá siendo una utopía de las masas y un instrumento de los políticos.

Permítanme repetir las palabras del contralmirante Luciano Acuña, entonces comandante del buque de desembarco de tropas y tanques Cabo San Antonio: Fuimos justos, mostramos estar adiestrados, hicimos las cosas bien.

Los hechos son conocidos. Resulta difícil hablar de la guerra de Malvinas sin decir lo que todos han dicho desde hace 36 años; resulta imposible, sin embargo, no mencionarlos, por lo que significan y conmueven.

Pero en este ámbito académico, me permito salir del discurso para sumergirme en el problema.

Por sus antecedentes, historia y tradición las islas Malvinas son un elemento central de nuestra identidad y en consecuencia su valor excede el propio acontecimiento en tanto pertenece a la esencia del ser argentino.

Como parte inseparable del todo,esta fecha no puede eludir la compleja trama de conflictos y contradicciones, construidas a través de una historia que nunca pudo cerrar sus heridas.

Cuando los británicos desembarcaron en la mañana del 3 de enero de 1833,nadie podía imaginar los significados profundos de este hecho, y mucho menos los argentinos, que todavía luchaban por definir su institucionalidad.

Por eso fue tan tibio y reducido el patrón de argumentaciones diplomáticas iniciales. En efecto, las escasas protestas que se sucedieron entre 1833 y 1842 fueron seguidas por un absoluto silencio hasta casi tres décadas después de la organización nacional. Hasta entonces Malvinas no era todavía una cuestión de Estado y el tema tendía a desaparecer de la agenda política, con esporádicos y tibios planteos o miradas tangenciales de escasa entidad.

La demanda se diluía en el enrarecido ambiente de las guerras civiles argentinas y envuelta en la conflictiva trama de las relaciones internacionales, se eclipsaba frente a la intolerancia de las facciones locales enfrentadas. La incapacidad argentina para saldar sus diferencias, la imposibilidad de perdonar y perdonarse, la ausencia de objetivos alentadores frente al innato egoísmo de la política local,desde el principio le negaba al reclamo la entidad que necesitaba.

Fue recién en 1884 que el presidente Julio A. Roca vigorizó la acción diplomática, buscando dirimir la cuestión por intermedio de un arbitraje, al tiempo que, el Instituto Geográfico Militar publicaba el primer mapa de la República Argentina incluyendo las islas Malvinas.

Mientras, en las flamantes escuelas creadas por Sarmiento, se fue gestando esa conciencia que haría de las Malvinas y su recuperación una aspiración nacional.

En las puertas del centenario, nuestro país formaba parte de las primeras y más prometedoras naciones del mundo. El continuo aumento del su protagonismo en los foros internacionales, repercutía directamente con la fuerza de sus argumentos jurídicos e históricos y comenzaba a aparecer la primera bibliografía reivindicatoria de las islas.

El libro de Paul Groussac “Las islas Malvinas”, escrito en 1910 y que con sólida documentación, argumentaba que las islas pertenecían geográfica y políticamente a la Argentina, apenas tendría difusión. Pero en 1934, por iniciativa del diputado Alfredo Palacios, la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares realizó un compendio de la obra, para ser distribuido en las escuelas secundarias del país. Así, desde las aulas se vigorizaba el conocimiento de aquel pasado, que en relación dialéctica con el presente trazaría los perfiles del conflicto tal como lo conocemos hoy.

A su vez, estos hechos fueron gestando un nuevo estado de opinión en vastos sectores de la política anglosajona, que percibían la necesidad de un cambio de estrategia, que diera soporte a la aspiración territorial. Así, se buscó refugio en el concepto de "prescripción adquisitiva".

La tesis, difundida en 1936, afirmaba que las islas eran res nullius, es decir “cosa de nadie” en 1833; por lo tanto Gran Bretaña había adquirido el título por prescripción, dada su ocupación centenaria. Por otra parte, y esto estaba palmariamente evaluado en las discusiones sobre el tema: La Argentina no tenía poder militar suficiente como para hacer valer sus reclamos.

Después de la Segunda Guerra Mundial,los lazos económicos entre ambos países se fueron debilitando. Paralelamente, los factores políticos económicos y geográficos que acompañaban la posición argentina, fueronefectivamente respaldados por la existencia de una conciencia nacional en torno de las islas Malvinas. Comenzóasí, una lenta escalada de la conflictividad por el tema de la soberanía.

Los organismos internacionales surgidos en la pos guerra y sus declaraciones alrededor de los esquemas coloniales en el mundo, permitieron un salto impensado apenas unos años atrás. Nacía entonces la cuestión Malvinas, un entramado diplomático, histórico y jurídico caracterizado por los reclamos argentinos en los foros internacionales.

En diciembre de 1960 se aprobó en las Naciones Unidas la resolución 1514, sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. En cuatro de sus puntos el texto hacía referencia al nudo del problema: el respeto a la autodeterminación, a la unidad nacional y a la integridad territorial.

Ante la obligación de negociar, Gran Bretaña se reservaba cualquier decisión a «los intereses y los deseos» de los isleños. El gobierno de nuestro país acordaba en «los intereses», no en los «deseos». Durante los primeros años de la década de 1970, el tema transitaba por un sinuoso camino de acuerdos y desacuerdos. Pero en 1975 la crisis interna de nuestro país fue aprovechada por Gran Bretaña para negarle continuidad a las conversaciones.

El envío de una misión oficial a las islas, con el objeto de evaluar sus posibilidades económicas, fue formalmente desconocida por la Argentina, que declaró en Naciones Unidas, que “no dejaría de hacer valer sus derechos en la forma que considerara más apropiada”, deslizando, así, la posibilidad de una acción militar.

En consecuencia, el 5 de enero de 1976 el gobiernoemitió un comunicado ante lo que consideraba una "ruptura unilateral" de las conversaciones por parte de los británicos.Advertía entonces que conjuntamente con las Fuerzas Armadas y demás instituciones de la República, compartían el celo por la defensa de la dignidad y los derechos de la Nación. Finalmente sentenciaba que estaban dispuestos a actuar sin precipitación, pero con toda la persistencia, la prudencia y la energía que fueran necesarias para lograr justicia.

En vista de la situación, la Organización de los Estados Americanos se expidió, declarando que las actividades prospectivas del Reino Unido —a las que calificó de "innovación unilateral"— violaban las Resoluciones de la ONU, y que la Argentina tenía un inobjetable derecho de soberanía sobre las Islas.

No me detengo en los disímiles incidentes que se sucedieron, donde la actividad castrense cobraba sucesivamente mayor protagonismo. Con el advenimiento del gobierno militar se mantuvieron las líneas de negociación trazadas y ante un nuevo acercamiento diplomático fue ratificada la posición de máxima: la disputa por la soberanía era el tema esencial a resolver y por lo tanto, no se tenían comentarios para hacer en asuntos que no estuvieran directamente relacionados con ello.

La resistencia de los isleños ante cualquier negociación, condicionó las iniciativas de la oficina de asuntos extranjeros del Reino Unido. Cada propuesta de conciliación fue desestimada desde las islas, cuyas decisiones además, eran acompañadas por la opinión pública británica. Se congelaba entonces la discusión sobre soberanía.

Mientras Buenos Aires exigía una solución rápida y directa, el Reino Unido adoptaba una posición de mayor dureza. Hacia fines de octubre de 1980 el embajador británico en Buenos Aires informó a Londres que la paciencia argentina se estaba agotando.

En efecto, en Buenos Aires se iba elaborando la decisión de recuperar las islas Malvinas mediante una acción militar.

Por entonces Naciones Unidas había votado un número significativo de resoluciones que reconocían explícitamente la legitimidad de las guerras de liberación con marcada vocación anticolonialista, y en este contexto, una hipotética recuperación por la vía armada había estado presente en el discurso diplomático bilateral desde 1972.

El marco de la guerra estaba trazado.

La cuestión que venía arrastrando largas frustraciones, transitando caminos diversos y hasta en un punto contradictorios, y quese había canalizado en los últimos cuarenta años convirtiéndose por mérito de la educación en una causa nacional, daba un imprevisible salto hacia adelante.

Así, la efectiva recuperación de las islas Malvinas, por la trascendencia del hecho y por encima de las consecuencias y sus connotaciones, implicó una ruptura con el pasado, abriendo un derrotero cargado de especulaciones.

Al finalizar la guerra del Atlántico Sur, la visión histórica consensuada hasta 1982, fue reemplazada por el discurso político en su diversidad ideológica, multiplicando las interpretaciones sobre los hechos y sus motivaciones.

Lo que hasta entonces había sido el problema de otros, tocó las fibras más íntimas de todos los argentinos, y ya nadie -durante tres generaciones- podrá decir que no tiene nada que ver con ella.

Por eso, y al reactualizarse la cuestión, repensar la guerra y sus significados se ha convertido en una responsabilidad de todos los argentinos. Por otra parte, hacerlo, olvidando la larga estela de sucesos anteriores, es una irresponsabilidad que forzosamente nos alejará de la verdad.

Al tiempo que la cuestión Malvinas sintetiza la dimensión nacional de soberanía; el enfrentamiento armado de 1982 emerge como un hito, a partir del cual lo nacional se extiende y consolida en el terreno de lo popular. Pocos temas hay tan presentes en nuestra cultura como Malvinas. El paisaje urbano refleja esta realidad, donde en cada rincón del país hay un homenaje a los caídos.

Sin embargo, por su grado de complejidad, el asunto en sus diversas y dolorosas aristas está lejos de soluciones definitivas.

Luego de una conferencia que dicté hace unos días en Pilar, me preguntaron si la guerra había servido para unir a los argentinos.

Resulta imposible ser categórico en un tema como este. La respuesta está en cada uno de nosotros y tiene que ver exclusivamente con la manera en que formulemos el problema. Sin duda la circunstancia bélica reunió todas las voluntades tras el objetivo común; pero es obligado reconocer, que la inmediata posguerra atomizó aún más nuestra sociedad. Cada quien, tomó la cuestión Malvinas según la restringida visión de sus posibilidades; y el consensuado conocimiento sobre el tema, antes fundado por especialistas, se deshizo ante la irrupción de la memoria, emotiva, parcial, abierta a todas las transformaciones.

Un fenómeno colectivo, “la memoria”, al que se apela siempre cuando la manipulación interesada quiere alejarnos de la verdad.

Como acertadamente sentenciara el filósofo e historiador francés Pierre Nora: mientras la historia reúne; la memoria divide.

En la permisividad de la memoria se pierde la posibilidad de recuperar aquel mandato originario de la causa justa y del reclamo de los derechos argentinos sobre los archipiélagos en el Atlántico Sur. Y así será, hasta que tomemos distancia de los hechos. Entonces con equilibrada perspectiva y todos los elementos de juicio, la sociedad podrá dar cuenta cierta de lo ocurrido.

Donde hay un sueño hay un camino, pero el camino trazado por los grandes sueños jamás ha sido fácil de transitar. Hoy la causa por Malvinas alcanza una dimensión histórico-cultural que determina, en espíritu y razón el ser argentino. Y por eso mismo, aquel simbolismo transformado en acción, al tiempo que no puede deshacerse del pasado, exige de las nuevas generaciones la inteligencia que nos permita salir de la decadencia que el país arrastra desde hace sesenta años. La determinación por el crecimiento y el desarrollo de la Argentina, la consolidación efectiva y no declamatoria de sus instituciones, y la conciliación de la sociedad, que ponga a nuestraPatria otra vez entre las grandes naciones del mundo, constituye apenas un punto de partida; pero sin el cual, la recuperación de nuestras islas seguirá siendo una utopía de las masas y un instrumento de los políticos.

Afortunadamente, en el ámbito más restringido de nuestra carrera militar, no hay discusión. Las acciones bélicas deben encuadrarse en un marco académico, que permita trabajar sobre lo hecho y sacar del estudio responsable, las conclusiones que contribuyan a hacernos mejores profesionales.

Hoy, esta conmemoración, nos indica que la mirada debe estar puesta sobre los hombres y sus acciones, y en los valores propios de quienes en defensa de los intereses de la Nación, juraron a la patria, tal como todos nosotros, seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la vida.

Nuestros hombres y mujeres en la guerra, soldados en todas las jerarquías y funciones, no fueron distintos a los demás, no fueron mejores ni peores que el soldado inglés, no fueron más ni menos.

Con las limitaciones materiales impuestas por las circunstancias; actuaron dando precisamente lo que se esperaba de ellos. Así, envueltos en la bandera de la Patria y amparados por los valores militares, sin los cuales ninguna acción de guerra sería posible, cumplieron con su deber. Amor a la Patria, espíritu de sacrificio, espíritu de cuerpo, camaradería y disciplina, sintetizaron entonces como hoy el significado del honor militar. Dijo Carlos Pellegrini: “El Honor es la conciencia, pero la conciencia exaltada. Es el respeto a sí mismo y a la belleza de la vida, llevada hasta la más pura elevación y hasta la pasión más ardiente”

El mundo fue testigo de lo que puede hacer el ser argentino cuando el objetivo es de todos, cuando hay convicción y determinación. Pequeños triunfos en grandes corazones, convirtiendo decisiones en actos de heroísmo.

De todo esto, hoy solo quiero rescatar el amor del soldado, ese sentimiento del que no puede apartarse el militar cuando la vida está en juego. El amor más sublime porque implica la determinación de dar la vida por el otro y que aparece en cada momento con manifestaciones explícitas, para demostrarnos que siempre, siempre se puede dar un poco más. Heroísmo cotidiano, heroísmo a cada paso, heroísmo de soldado.

En este el día de los veteranos y caídos en la guerra de Malvinas, gracias, gracias a todos aquellos, hombres y mujeres que fueron capaces de ofrecer la vida y morir por la Patria.